domingo, 18 de octubre de 2020

Secretos de Jaén. Paraje de Cuadros.





Visitamos en esta ocasión un lugar que nos queda cerca de casa, que ya hemos visitado en anteriores ocasiones, pero que nos deparaba una sorpresa que desconocíamos. Hablo de uno de esos lugares poco conocidos en la provincia de Jaén, en la que son muchos sus rincones secretos. 

La visita surgió a raíz de la publicación en el muro de Facebook, de una amiga, de una ruta en la que vimos una bonita cueva que nos llamó la atención. Al preguntarle me indicó que la cueva estaba en Bedmar, en el paraje conocido como Cuadros. Ya conocíamos esta zona puesto que hay una adelfar bastante famoso junto un área recreativa del rio Cuadros, en la que hemos estado en un par de ocasiones, pero nos sorprendió no saber de la existencia de esa cueva. Esta era, por tanto, el primer objetivo del día. 

Para llegar hasta aquí hay que tomar dirección Bedmar, y nada más entrar en el pueblo, encontraremos un semáforo y justo a la izquierda una carretera que es la que nos conducirá hasta Cuadros. En el momento de nuestra visita la carretera estaba en obras para aumentar su ancho, pero era fácil de recorrer, con alguna parada momentánea por el desarrollo de las obras. Siguiendo la carretera llegamos a un punto donde puedes seguir hasta el área recreativa y el Adelfar, o cruzar un puente y tomar dirección hacia la Ermita de Cuadros. Siguiendo este camino llegamos a una zona con bastante sombra donde decidimos aparcar. 

Desde esta zona, pasando una bonita fuente, parten unas escaleras para bajar a la cueva. Para descubrir los secretos de esta cueva hay que mojarse, literalmente. Nosotros no íbamos provistos de chanclas de río, calzado ideal en este momento, por lo que optamos por quitarnos las zapatillas y entrar descalzos. La profundidad no es mucha, podréis pasar fácilmente sin mojaros más allá de media pierna. Y así, despacito, caminando por el rio y entre las rocas, intentando no escurrirnos, pisando piedras, que no es muy agradable, llegamos en un cortito paseo al secreto que esconde la cueva, una bonita cascada en la que el agua entra en ella y que no podréis ver si no os mojáis los pies, y creedme si os digo que merece la pena mojarse. La sensación dentro de la cueva es bastante fresca, cuando fuera en septiembre aún hacía calor, pero la temperatura del agua, siendo fresca, no es desagradable. 






Desde la cueva nos llama la atención una casa que está justo al borde, como colgada del abismo. Al volver a subir al camino proseguimos ese para encontrarnos con esta casa. Esta construcción es el Molino de Batán, construido por D. Luis de la Cueva y Benavides, segundo señor de la Villa de Bedmar. Se trataba de un molino hidráulico de rodezno, restaurado que aún se puede contemplar. En el frontal del cubo del citado molino se puede apreciar el escudo de armas más completo de la familia de la Cueva. 

Volvemos hasta el aparcamiento y tomamos el camino que asciende hasta la ermita. Está situada en un bello recinto, con una bonita fuente, muchas plantas y macetas que le dan frescor y colorido al lugar. Hay también debajo un hotel rural, que en el momento de nuestra visita estaba cerrado, y un kiosco de bebidas con una agradable terraza, también cerrada cuando llegamos. 




Desde el patio de la ermita se puede admirar una bonita vista de Sierra Mágina. La Virgen de Cuadros ha tenido y tiene, desde mediados del S XV, una gran devoción por los lugareños de Mágina. La ermita fue edificada en el siglo XVII sobre un anterior santuario. La imagen de la Virgen de Cuadros  fue destruida en 1936, siendo la actual  de 1939, aunque se mantiene  original el niño Jesús. 

Por encima de la ermita se yergue vigilante un torreón árabe, de forma cilíndrica, estrechas saeteras y mampostería regular de unos 12 metros de altura. 

Después de visitar la ermita optamos por no subir al torreón y en su lugar tomar el coche e ir hacia el área recreativa para recorrer el Adelfar del rio Cuadros. Es este uno de los adelfales de mayor tamaño e importancia de la Península Ibérica. En su recorrido, siguiendo el curso de río Cuadros, vamos pasando bajo la bóveda que tejen con sus ramas las adelfas, creando un recorrido lleno de sombras en el que la luz lucha por penetrar entre el ramaje entretejido para evitarlo. 

Además de las adelfas hay otras especies asociadas al curso del agua, como las higueras, el álamo blanco, el álamo negro y tarajes de gran porte. Más allá de la franja del adelfal aparecen pinos carrascos, retamas, lentiscos y cornicabras.




Hay también en esta zona muchas mesas y sillas de piedra en las que se puede hacer un picnic aprovechando la frescura del paraje. Cruzando un puente se sale del Adelfal hacia una zona recreativa más amplia donde hay también barbacoas. Si preferís seguir el camino del adelfar hasta el final, este acaba en una construcción de madera que llega a un fondo sin salida desde el que hay que regresar, este punto es el nacimiento del río Cuadros. Un agradable y fresco paseo para huir del caluroso estío jiennense aprovechando la frescura del agua. 

sábado, 12 de septiembre de 2020

De Pesués a Pechón. Recorrido entre dos rías.


Hoy vamos a realizar un recorrido cuyo atractivo principal es el paisaje y la naturaleza, y este atractivo es enorme. 

En nuestra estancia en la parte oriental de Asturias vamos a hacer una pequeña incursión en una bonita zona de la vecina Cantabria. En ella la comunicación entre el mar y la tierra es máxima, en forma de dos rías que se adentran en esa tierra que las recoge y aprovecha ese agua para crear paisajes maravillosos.

Partimos de la localidad de Colombres en dirección Pesués, donde vamos a hacer una primera parada en uno de los puentes que cruzan la ría de Tina Menor, un lugar que nos había llamado la atención desde la autovía el día de nuestra llegada a Asturias. El paisaje de las rías cambia mucho con las mareas, en esta ocasión da igual si la marea está alta o baja, en ambos casos el lugar merece la contemplación. 


Después de esta parada seguimos la N-634 en dirección Santander, solo unos pocos kilómetros, para tomar un camino, mal señalizado, a la izquierda que nos conduce a la playa del Sable. Es esta una playa interior ,de ría, tranquila y con gran encanto, difícil de encontrar si no conoces la zona o no utilizas Google Maps. Es visitada sobre todo por lugareños. 



Después de ver esta playa volvemos a salir a la N-634, ahora en dirección Asturias, de nuevo hasta Pesués, para tomar la CA-380 en dirección Pechón. Es una carretera en ascenso en la cual a los pocos kilómetros encontramos un bonito mirador donde se puede admirar la Playa del Sable desde arriba y  el paisaje de la ría. 




Seguimos hasta llegar a Pechón y buscamos en Maps la dirección para llegar a la playa de Amio. Google maps nos manda por un camino en el que llegamos al acceso a la playa, pero en verano, al ser una carretera estrecha el acceso es en una sola dirección, y nosotros estamos en la salida. Decidimos aparcar el coche y dar un pequeño paseo hasta la playa. No es demasiada la distancia, apenas un par de kilómetros, pero la imprevisible meteorología del norte nos la juega y comienza a llover, bastante la verdad. Decidimos entonces volver al coche y tomar el otro camino en la dirección correcta para llegar al aparcamiento de la playa. Desde este hay una bonita vista de la playa desde arriba. En bajamar hay un entrante de arena que llega hasta una zona rocosa, cuando empieza a subir la marea el mar va cerrando este entrante desde ambos lados creando la sensación de que estás andando por un puente de arena en medio del mar.





Cuando llegamos a la playa estaba subiendo la marea, por lo que al recorrer esta zona mi sensación era que estaba andando en medio del mar, como Moisés en el Mar Rojo, y que en cualquier momento se me cerraría y me tragaría, vale no del todo que la profundidad no era mucha, pero la imaginación al poder. 




Después de un rato disfrutando la playita y tomando fotografías, nos vamos a dar una vuelta por la zona y la sorpresa es que llegamos, después de un corto recorrido, al lugar desde el que nos habíamos dado la vuelta obligados por la lluvia. Es lo que tiene no conocer las cosas, en cualquier caso ambos paseos nos permitieron conocer bastante esta zona tan bonita. 




Proseguimos camino haciendo una ruta circular por esta carretera CA-380, saliendo de Pechón en dirección Unquera/Bustio, lo que nos permite disfrutar del bonito paisaje ahora ofrecido por la otra ría, la ría de Tina Mayor. Desde ella se puede admirar la playa de Pechón, la ría y la desembocadura en esta del rio Deva. 

Llegamos hasta Unquera, solo separada de Bustio por el río Deva, hasta el punto que es difícil distinguir una localidad de otra, y después de un paseo y tomar algunas imágenes, desde sus puentes, tomamos la carretera que parte de Bustio hacia Colombres, que será el fin de este trayecto y donde aprovecharemos para comer y pasar la tarde visitando sus casas indianas. Pero esa es otra historia que os contaré otro día. 

Unquera y Bustio, separadas por el rio Deva.




Bustio
Bustio.


martes, 8 de septiembre de 2020

Playa de la Franca. Oriente asturiano.






Es la primera o la última playa de la costa asturiana, según la dirección, pero en cualquier caso es una visita imprescindible, tanto por su belleza como por los secretos que esconde. 
 
Se sitúa a corta distancia de la localidad de La Franca, con la que comparte el nombre. Tiene acceso señalizado en la N-634 entre las localidades de Santiuste y La Franca. Si se circula en dirección Llanes-Ribadedeva hay que poner atención en suavizar la velocidad a partir de Buelna, ya que el desvío aparece de repente en una curva muy cerrada y obliga a hacer un giro brusco. Una vez tomado dicho ramal, se recorre un kilómetro hasta llegar a ella. Es una playa que dispone de servicios como aparcamientos, restaurante y hostelería, pero a una distancia suficiente para no romper su belleza salvaje y el encanto de su entorno. El acceso es sencillo lo que favorece su alta ocupación, aunque no está masificada. Tiene una gran tradición turística ya desde el siglo XIX, cuando disponía de un balneario marítimo.

Situada en la desembocadura del río Cabra, es el límite costero entre Llanes y Ribadedeva. La Franca es una playa con forma triangular, de arena blanca y oleaje moderado. En bajamar conecta con otras calas como El Oso, El Viveru y Regorgueru.   En el centro del arenal se encuentra el islote de El Castrón, refugio habitual de gaviotas.



 
Es la playa más oriental de Asturias, y su nombre parece derivar de la Edad Media. En aquel tiempo, en los puertos de Llanes y San Vicente las mercancías debían desembarcarse obligatoriamente cinco leguas al este y oeste. La Franca, por quedar justo en medio de ambos y fuera de su radio de influencia, era aprovechada por mercaderes avispados que desembarcaban sus mercaderías “francas de alcábala”, es decir, libres de impuestos, con el consiguiente disgusto y protesta de los dos puertos.




Durante la pleamar se convierte en una auténtica piscina natural, siendo muy segura para el baño, para los niños e inmejorable para la práctica de deportes náuticos, pesca de roca y submarina. Con la bajamar se descubre un amplio arenal y se forman pequeñas calas ricas en pesca. Es también durante la bajamar cuando se abre el acceso a pie a las calas vecinas, como la playa del Oso,  o la del Regorgueru, otra playa natural de más difícil acceso. 






Este acceso también es posible atravesando una de las galerías que se abren en la montaña que la limitan en su margen derecha. Es un túnel de corto recorrido y fácil de seguir, con solo la ayuda de una pequeña linterna, aunque su salida estará cerrada por el agua en la pleamar.






La Playa está integrada en el Paisaje Protegido de la Costa Oriental. Los nueve kilómetros de costa , en su mayoría acantilados, del municipio de Ribadedeva se despliegan entre la propia playa y la ría de Tina Mayor, en la desembocadura del río Deva. Entre estos dos límites se encuentran La Punta la Cebollera y la de Santu Medé. La estribaciones orientales de la sierra de Cuera también forman parte de este Paisaje Protegido y conceden al paisaje de la playa un atractivo más.




sábado, 5 de septiembre de 2020

Buelna y la playa del Cobijero.


Os presentamos hoy un bello recorrido en la costa oriental de Asturias, descubriendo unos hermosos rincones que casi nos pasan desapercibidos, y es que hay tantas playas impresionantes en esta zona y tantas cosas que visitar que podemos pasar por alto fácilmente lugares tan bellos y especiales como los que os vamos a dar a conocer hoy.

Buelna es un pequeño pueblo de la costa oriental de Asturias situado entre la Sierra de la Borbolla y el mar. En su casco urbano encontramos un buen puñado de bellas casas tradicionales, con un segundo piso con balconadas de madera. En su rico patrimonio arquitectónico destacan la Iglesia de Santa María de Buelna, el palacio de Buelna, edificado en el siglo XVIII, la casa de Conceyu, hay además una capilla de ánimas y varios relojes de sol antiguos. Pero si por algo merece la pena acercarse hasta aquí, es por su patrimonio natural, del que destacamos dos lugares, la playa del Cobijeru y la playa de Buelna.






La playa del Cobijeru es una playa sin mar, del mismo estilo que la famosa Gulpiyuri, menos conocida y por tanto menos masificada y, en mi opinión,  más bonita que esta. Es una playa interior donde el mar se filtra desde los acantilados que la rodean, su belleza es por tanto mayor cuanta más agua tiene, es decir, en pleamar. Para llegar a ella seguimos las indicaciones del camino peatonal que sale desde el mismo pueblo de Buelna y pasa por delante de la entrada del Palacio de Buelna. Pasando por debajo del puente de la vía del tren, llegamos a una verja que atravesaremos, hay alguna más a lo largo del camino, tendréis que abrirla y cerrarla al pasar. El sendero atraviesa zonas de espesa vegetación y gran belleza. Una  de las que más me gustó es una gran boca de cueva que se abre en un claro al lado del camino y que no quisimos explorar más por falta de linterna, pero que nos llamó mucho la atención. 




La playa del Cobijeru está declarada monumento natural, el Cantábrico se bate a unos 100 metros y se cuela por debajo de los acantilados, dando lugar a este bello paraje. Sus aguas tienen una profundidad de apenas un metro y la playa tiene forma semicircular. 




En la parte derecha de la playa y tras una pequeña subida se localiza la entrada de la Cueva de Cobijeru, en la que encontramos una galería plagada de estalactitas y estalagmitas, que se puede recorrer sin dificultad (imprescindible linterna). Al final del recorrido la cueva se abre al mar con un pequeño lago interior que nos sorprende por los matices del agua, reflejando una gama de colores rojizos y verdes provocados por las algas incrustadas en las rocas del fondo. Para llegar allí hay que atravesar 150 metros de oscuridad. 

Al  volver a salir de la cueva,  encontramos un arco de piedra conocido como Puente Caballu, situado sobre acantilados encrespados y que se asoma a una gran cavidad en la que rompen con fuerza las olas, provocando un espectáculo impresionante.





Después de este agradable paseo, volvimos al pueblo para tomar otro sendero que, atravesando las vías del tren ahora por arriba, nos conduce después de unos diez minutos de recorrido, a la bonita playa de Buelna. Es esta una cala natural de gran belleza, con forma de canal, que en bajamar impide ver el mar desde el fondo de la arena. Buelna es una playa que pasa de 50 a 1.000 metros en función de las mareas y que está formada por arena blanca fina y rocas. Una de las más famosas es un pináculo calcáreo denominado El Picón. En sus inmediaciones se pueden visitar bufones.




Un bonito paseo que se puede alargar hasta conectar con la senda costera Buelna- Pendueles-Vidiago, que nosotros no realizamos por falta de tiempo.



jueves, 3 de septiembre de 2020

Cueva del Pindal. Arte paleolítico rodeado de la belleza de la Asturias más salvaje.

En la zona más oriental de Asturias, rodeada de un paraje espectacular,  se localiza la Cueva del Pindal. Cobija una de las más bellas muestras del arte Paleolítico de la región,  formado por un discreto grupo de representaciones animalísticas, entre las que destacan, por la rareza de este tipo de manifestaciones en la Cornisa Cantábrica, las figuras de un pez y de un mamut. A estos temas se unen otros de carácter simbólico cuyas interpretaciones aún siguen siendo un desafío.
 
La visita está muy restringida, en la actualidad, debido a las limitaciones por el Covid19, solo acceden cinco personas en cada turno, es necesaria reserva telefónica previa y es muy complicado conseguirla. A pesar de esto merece la pena acercarse hasta ella por la belleza del paisaje que la rodea, acantilados, la ermita de San Emeterio, el bosque... Hay que ir y disfrutar este entorno privilegiado aunque no sea posible acceder a su interior.


 
Vistas desde el acceso a la Cueva del Pindal.




Para acceder a la cueva partimos de la aldea del Peral, situada cerca del pueblo de Colombres y atravesada por la nacional N-634. De ella parte una carretera que asciende hasta la localidad de Pimiango, localidad que atravesaremos para proseguir camino hacia la cueva, en todo momento siguiendo las indicaciones que vamos encontrando. Antes de llegar hacia la cueva hay un bonito mirador, el mirador de Pimiango, con una vista privilegiada del mar y del valle. Después de la parada obligatoria en el mirador proseguimos camino hacia la cueva por una carretera que serpentea hacia abajo atravesando un bello paisaje. Hay un aparcamiento a escasos 50 metros del camino de acceso al centro de visitantes de la cueva y al prado de la Ermita de San Emeterio. A poca distancia del aparcamiento está  faro de San Emeterio, desgraciadamente no se puede acceder a él ya que está vallado. 

Desde el aparcamiento se desciende hasta el camino que conduce al centro de interpretación de la cueva, hay espacio para aparcar enfrente de este también, pero con pocas plazas. Lo primero que nos llama la atención es la bonita ermita de San Emeterio y el prado en el que se localiza. La ermita es anterior al s. XVIII, es sencilla y sus muros de piedra muestran los achaques propios de un lugar solitario y un poco abandonado, pese a que los monjes del antiguo y cercano monasterio de Santa María de Tina se ocuparon de ella durante cientos de años. La ermita sólo abandona su soledad a primeros de marzo, cuando se hace la romería de San Emeterio, que trae a la gente con ramos desde Pimiango. El resto del año, sus arcos escuchan el sonido del mar y no ven pasar más que a los pájaros y a los lugareños que van dando un paseo hasta los cercanos y fascinantes acantilados.





 
Desde la ermita surge un sendero, que atravesando un bello y salvaje bosque de pinos y eucaliptos, nos conduce al abandonado y semiderruido monasterio de Santa María de Tina, el paseo es espectacular y por momentos parece que estás atravesando una selva, dada la belleza y lo indómito de la vegetación. Las primeras referencias documentales al lugar aparecen datadas en el siglo XVI, aludiendo a su pertenencia a una abadía del siglo XI de Cervera de Pisuerga; aunque en la actualidad no quedan más que unas ruinas entre árboles, el lugar tiene sin duda un gran encanto.





Las actuales ruinas son de un templo del siglo XIII de estilo cisterciense. La puerta de entrada se abre en un muro opuesto a la cabecera y es también apuntada. Adosado a este muro, en el exterior a la derecha, queda lo que parece ser un horno. Dentro del perímetro de la nave se puede ver un sepulcro de piedra cuya lápida aparece tirada fuera.



Una imagen románica de la Virgen de Tina, que permaneció en la iglesia estando ya en ruinas y fue resguardada durante la Guerra Civil en las dependencias del faro de San Emeterio, se conserva en la iglesia parroquial de San Roque (Pimiango). Se trata de una talla de madera del siglo XII de la Virgen entronizada con Niño en el regazo.




 
De vuelta al prado de San Emeterio cogeremos otro pequeño sendero, bastante más corto y que desciende hasta la entrada de la Cueva del Pindal, entrada que se abre a unos impresionantes acantilados. 






 
Es sin duda la cueva y su entorno un lugar imprescindible para visitar en un viaje por la Asturias oriental y que no nos dejará indiferentes.


sábado, 22 de agosto de 2020

Visitando unas salinas tierra adentro.




Fue un encuentro casual en nuestra ruta por la Alcarria, pero nos llamó poderosamente la atención, la existencia de unas salinas prácticamente en el centro de la Península Ibérica, tan lejos de cualquier costa. Son las Salinas de Imón, también llamadas del Río Salado, en la provincia de Guadalajara.

El Río Salado, antes denominado Gormellón, nace cerca de la localidad de Paredes de Sigüenza y desemboca en el Río Henares. Durante su curso atraviesa materiales muy solubles que cargan el agua de cloruro de sodio. Hace miles de años prácticamente la totalidad de la Península Ibérica se encontraba bajo el nivel del mar. Debido a esto se fueron depositando materiales como el cloruro de sodio, estos materiales son los que arrastra el Río Salado, llamado así por la composición salada de sus aguas. 



A unos 14 km de la bellísima Sigüenza encontramos Imón y en ella las salinas más importantes de la comarca de Atienza y de la provincia. Las Salinas de Imón fueron las de mayor producción de sal de la zona, son las de mayor tamaño, mejor construcción y, además, han llegado a nuestros días en mejor estado de conservación. Estas salinas fueron durante mucho tiempo las de mayor producción de España.

Se tiene referencia de ellas desde el siglo X. Los monarcas les sacaban provecho concediendo a nobles y personal eclesiástico alguno de sus beneficios. Alfonso VII, en 1139, concedió al obispado de Sigüenza su explotación. Carlos III recuperó la posesión de las salinas y comenzó su explotación a gran escala modernizando las instalaciones, en 1720. Amplió las infraestructuras con la construcción de grandes almacenes, artesas y canales que aún se mantienen en pie. La producción de sal en Imón cesó en el año 1996, aunque hasta el 2002 se mantuvo cierta actividad.  En la actualidad se conservan restos de la última cosecha en sus almacenes principales.


 


Las salinas constan de un conjunto de almacenes, situados en la zona central y de piscinas, estanques, recocederos y norias que se apoyan en una serie de canales y regueras que sirven de desagües para el agua sobrante. El conjunto de edificaciones datan del siglo XVIII y han sido reformadas y adaptadas en los siglo XIX y XX. De las antiguas salinas, anteriores al resto de edificaciones, se conserva un antiguo puente. Puede que el diseño de su estructura inicial fuese mudéjar, pero lo que podemos ver hoy en día es del siglo XVIII. Los materiales utilizados en los muros son la sillería y la mampostería, en las estructuras interiores la madera y las cubiertas de teja árabe.

El conjunto de las piscinas está realizado en sillería y mampostería, tanto en los muros laterales como en su fondo. Disponen además de caminos empedrados con canto rodado que dan acceso a todas ellas. Se conservan algunos canales de madera para el abastecimiento de los recocederos, aunque la mayoría fueron sustituidas por tuberías de fibrocemento.






Dentro de la edificación, las norias presentan una planta octogonal con una estructura de madera que se enlaza en el vértice de la cubierta, lo que permite un espacio completamente diáfano. Sólo una noria conserva el cazo de barro, el sistema de engranajes de madera y el piso tratado para que diera vueltas el animal.

Los almacenes que quedan en pie son los más antiguos, el de San Antonio y el de San José, y sus grandes dimensiones garantizaban una capacidad suficiente para las salinas. Presentan una base estructural a base de pórticos soportados por pies de madera y una entreplanta a base de suelo y viguería de madera que permite el acceso de vehículos para depositar la sal dentro del almacén.



El color rosa que se observa en sus aguas se debe a la existencia de microorganismos que se forman debido a las altas temperaturas, alta salinidad y carencia de oxígeno.





 



domingo, 2 de agosto de 2020

Ruta por la Hoz del río Dulce. Pelegrina.

La Alcarria, en Guadalajara, es una zona que nos ofrece paisajes espectaculares y preciosos pueblos. Merece la pena visitarla en cualquier época del año, nosotros hicimos nuestro recorrido en verano, época en la que sus campos se tiñen del violeta de la lavanda y el amarillo de los girasoles. En nuestro camino encontramos pueblos tan monumentales como Torija, Brihuega o Sigüenza. Pero hoy os quiero hablar de otro pueblo no tan conocido pero igual de bonito y al que merece la pena acercarse, Pelegrina.




Nuestro destino es el Parque natural del barranco de río Dulce. Para llegar hasta aquí desde Madrid saldremos por la A-2 en dirección Zaragoza-Barcelona, hasta la salida 118 indicada como Sigüenza. Desde aquí tomamos dirección Sigüenza por la carretera GU-118 y a los cinco kilómetros aparece el desvío hacia el pueblo de Pelegrina, punto de inicio de nuestra ruta.  Se trata de una ruta fácil de recorrer en familia, cortita y de poca dificultad, pero de gran encanto y apta para ser realizada incluso en los meses de más calor (nosotros la hicimos en Julio) dado que discurre siguiendo el curso de un río y tiene bastantes sombras.




El Parque natural del barranco del río Dulce es conocido por ser el paraje en el que se rodaron muchos de los capítulos de la serie documental  " El Hombre y la Tierra", de Félix Rodríguez de la Fuente. Antes de llegar al pueblo encontramos un pequeño aparcamiento enfrente de un mirador que lleva el nombre del naturalista, y desde el que podemos observar el cañón del río desde arriba y las águilas que sobrevuelan este. Os aconsejo que llevéis unos prismáticos, porque la vista es espectacular.




Tras disfrutar estas vistas continuamos nuestro camino en coche hasta llegar al pueblo de Pelegrina. Es esta una pequeña localidad de 19 habitantes coronada por un castillo de aspecto ruinoso, la bella estampa del pueblo ya se aprecia desde la carretera de acceso. Hay que dejar el coche en un pequeño descampado que encontramos a la derecha, justo enfrente de un restaurante, ya que el acceso con vehículos al pueblo solo está autorizado para residentes. Desde este punto a muy corta distancia sale una calle a la izquierda que desciende hasta el río, es el inicio de la ruta. 

No hay posibilidad de pérdida, ya que el camino está claro y vamos encontrando postes con la indicación. Hay dos opciones de ruta, la primera, marcada con una indicación naranja, es circular de cuatro kilómetros, va siguiendo el río Dulce por ambas orillas y que se inicia y acaba en el pueblo. La segunda, marcada en color azul, es algo más larga, tiene tramos que coinciden con la anterior pero llegados a un punto se separa para elevarse por la montaña hasta la cascada del Gollorio. Nosotros optamos por hacer la ruta corta, ya que para ascender a la cascada hay menos sombras, hacía calor, y nos dijeron que en verano podríamos encontrarla seca.





Vamos caminando muy cerca del río Dulce pero no exactamente por la orilla, sino por una senda paralela entre árboles y arbustos, que en algunos momentos se estrecha bastante pero sin obstaculizar la marcha. Hay puntos en los que pequeños senderos salen hacia el cercano rio y merece la pena acercarse porque son playas fluviales donde es agradable sentarse a escuchar y observar las aguas transparentes  y los pequeños pececillos y cangrejos de río que hay en este. En uno de estos parajes encontraremos un puente de madera, en este momento no lo vamos a cruzar, ya que seguiremos la ruta por esta orilla y luego volveremos por la otra, cruzando ese puente al final, haciéndolo coincidir con el final de nuestra ruta, ya que es el punto que nos ha atrapado como zona para comer y darnos un pequeño baño.





Seguimos nuestro recorrido entre álamos, fresnos, sauces,  nogales e impresionantes paredones de roca caliza. Pasaremos por delante de una pequeña caseta que es donde el personal de la serie "El hombre y la Tierra" guardaba el equipo de rodaje. Seguimos hasta un punto en el que vamos a cruzar el río por unas rocas colocadas sobre este para iniciar el regreso por la otra orilla, hasta llegar de nuevo al puente de madera, que cruzaremos para regresar.




Al ser una ruta corta, permite recorrerla con tranquilidad, disfrutando el paisaje y recreándose en los pequeños recovecos que se acercan al río y nos invitan a sentarnos y observar. Nosotros habíamos reservado toda la mañana para hacerla, porque queríamos comer al lado del río y refrescarnos un poco en sus aguas, aunque el caudal no es abundante y no va a permitir que nadéis, el agua os llegará como mucho a la rodilla, si es suficiente para disfrutarlo. 

Después de realizar la ruta hicimos un pequeño recorrido por el pueblo, en el que además del castillo, que está en ruinas, hay una bonita iglesia y un centro de interpretación del Parque Natural. Tras este recorrido proseguimos camino hacia la localidad de Atienza.




En el camino hacia Atienza pasamos por la preciosa y monumental Sigüenza, pero dado que ya la habíamos visitado anteriormente y que necesitas al menos un día completo para ver todo lo que te ofrece, decidimos seguir hasta Atienza, más pequeña y que podríamos recorrer en una tarde. La carretera atraviesa las antiguas salinas de Imón, del rio salado, que constituyen también un curioso paraje.